En los momentos difíciles, sosténlos, consuela sus corazones, y corona su trabajo de frutos espirituales.
martes, 19 de febrero de 2013
Parábola del lápiz
El nieto preguntó a su abuelo:
- ¿Abuelo, estás escribiendo una historia que nos pasa a los dos? ¿Es, por casualidad, una historia sobre mí?
El abuelo dejó de escribir, sonrió y le dijo al nieto:
- Estoy escribiendo sobre ti, es cierto. Sin embargo, más importante que las palabras, es el lápiz que estoy usando. Me gustaría que tú fueses como él cuando crezcas.
El nieto miró el lápiz intrigado, y no vio nada de especial en él, y preguntó:
- ¿Qué tiene de particular ese lápiz?
El abuelo le respondió:
- Todo depende del modo en que mires las cosas. Hay en él cinco cualidades que, si consigues mantenerlas, harán siempre de ti una persona en paz con el mundo.
Primera cualidad:Puedes hacer grandes cosas, pero no olvides nunca que existe una mano que guía tus pasos.Esta mano la llamamos Dios, y siempre te conducirá en dirección a su voluntad.
Segunda cualidad: De vez en cuando necesitas dejar lo que estás escribiendo y usar el sacapuntas. Eso hace que el lápiz sufra un poco, pero al final, estará más afilado. Por lo tanto, debes ser capaz de soportar algunos dolores, porque te harán mejor persona.
Tercera cualidad: El lápiz siempre permite que usemos una goma para borrar aquello que está mal. Entiende que corregir algo que hemos hecho no es necesariamente algo malo, sino algo importante para mantenernos en el camino de la justicia.
Cuarta cualidad: Lo que realmente importa en el lápiz no es la madera ni su forma exterior, sino el grafito que hay dentro. Por lo tanto, cuida siempre de lo que sucede en tu interior.
Quinta cualidad: El lápiz siempre deja una marca. De la misma manera, has de saber que todo lo que hagas en la vida, dejará trazos. Por eso intenta ser consciente de cada acción.
viernes, 8 de febrero de 2013
Durante muchos años los hombres han buscado a Dios en las cosas más grandes, en las obras mas estrepitosas y en la propia grandeza (o supuesta grandeza) de sus acciones. Lo que los hombres no suelen descubrir es la presencia de Dios en las cosas más pequeñas. En lo simple y cotidiano. Mientras más pequeño, más Dios.
No creo que haya definiciones ni explicaciones para saber qué es Dios o quién es Dios. Sólo las palabras de cada uno basadas en la experiencia de vida. No creo que pueda haber una definición que logre convencer a todo el mundo. No creo que se pueda y no creo que valga la pena. Dios es algo más.
Por eso, con la simpleza de una entrada de un blog, busco explicar la experiencia de un Dios simple y humano que vive en la cotidianeidad de los días, para toda la humanidad.
No creo que haya definiciones ni explicaciones para saber qué es Dios o quién es Dios. Sólo las palabras de cada uno basadas en la experiencia de vida. No creo que pueda haber una definición que logre convencer a todo el mundo. No creo que se pueda y no creo que valga la pena. Dios es algo más.
Por eso, con la simpleza de una entrada de un blog, busco explicar la experiencia de un Dios simple y humano que vive en la cotidianeidad de los días, para toda la humanidad.
lunes, 12 de noviembre de 2012
Las causas perdidas valen la pena
Estas últimas dos semanas fueron realmente muy movilizantes para mi. Entre el retiro de Confirmación (Una nueva camada de pibes que muestran sus ganas de cambiar el mundo) la ceremonia del sacramento, encuentros de jóvenes, etc, mi corazón fue viviendo muchos momentos de esos que te hacen olvidar de las cosas que tenés que hacer para el laburo o el estudio. Pero lo que mas me movilizó en estas semanas, en estos días fue, simplemente, una grulla de papel.
A ver, hace algunos años leí la historia de Sadako Sasaki, una niña japonesa que vivía en Hiroshima cuando los Estados Unidos descargó su furia nuclear. Sobrevivió al bombardeo pero años después desarrolló una cáncer fulminante en la sangre (Leucemia). Internada en el hospital, escuchó de una amiga la antigua leyenda que decía que si alguien lograba hacer 1000 grullas de papel (El ancestro arte del Origami) los dioses le concedían un deseo. Comenzó con la tarea para poder pedir una cura, hasta que conoció a un chico de su edad que también estaba enfermo, solo que había perdido y ya sabía que iba a morir. Entonces Sadako supo que el problema era la falta de paz que el mundo sufría. Por eso quiso llegar a tal número de grullas para pedir por la paz en el mundo. Pasadas las 600 murió y sus amigos y compañeros de colegio completaron la tarea. Hoy la historia es símbolo de los movimientos pacifistas y miles de personas ponen sus manos al servicio de la paz haciendo grullas en todo el mundo, con la esperanza de despertar algo en los corazones de los hombres y mujeres.
Durante un tiempo la historia y la idea de hacer mil grullas (O más) me rodeó por la cabeza pero nunca pasó al siguiente paso. Hasta este año, en que la idea volvió y con fuerza. Me parecía que un simple pedazo de papel podía inspirar mucho. Por eso hace unas semanas propuse la idea en el grupo de jóvenes, y a decir verdad mucha compañía no encontré. Solo un par de amigos que me preguntabas cómo hacer una grulla.
Pocos minutos antes de irme de retiro de confirmación, mientras armaba el bolso, vi los papeles en casa y me dije: ¿Por qué no llevarlos? Quizás podía ponerme a hacer ahí y algunos se copaba. Finalmente los llevé y fue la mejor decisión que pude haber tomado. Solo bastó que me ponga a hacer para que vengas otros a preguntarme qué hacía y por qué. Luego aparecían los que ya sabían hacer, y también se prendían. Volví del retiro con muchísimas ganas de hacer grullas y sentí a mucha gente acompañarme.
Es que todos juntos pensamos en la causas perdidas, esas cosas que parecen no tener sentido, que nadie se prendería. ¿Trabajar por la paz? ¿Para qué? Si el mundo nunca estará en paz. Es entonces cuando uno piensa en Jesús y su causa perdida. Dando la vida por amor, sabiendo que pocos entendían su mensaje y quizás, poco lo entenderían después.
Resulta que yo creo que Las causas perdidas valen la pena. Por más que uno sepa que quizás no genere nada, no cambia nada, nunca se sabe. Cuando uno pone todo su amor, su fe y, sobre todo, sus manos al servicio del otro, de la paz, de la justicia, tarde o temprano las cosas cambian. La injusticia se transforma en justicia, la guerra en paz, la opresión en igualdad, el odio en amor. Esta es la transformación que Jesús buscó para su pueblo, para sus hermanos.
Hace dos noches cuando llegamos a las mil grullas no lo podía creer. Por un lado porque solo habíamos tardado dos semanas, por otro lado porque me imaginaba solo en esta empresa. Ver a varios jóvenes, de confirmación, de San Patricio, de San Francisco Javier, amigos de amigos, haciendo grullas me movilizó. Cuando llegamos a la mil, gesto que me tocó a mi, aguanté las ganas de llorar solo porque no sabía si estaba bien o no llorar. Pero hoy se que si lo hacía alguno más hubiese llorado conmigo de la emoción.
Al llegar a la grulla mil, avisé a amigos que no estaban presente ahí en ese momento. Fue cuando me enteré de algo que me puso la piel de gallina. Alguien de por ahí que se había enterado de nuestra historia, de nuestra idea, de nuestro proyecto, mientras sufría el tratamiento por un cáncer, ese mismo día, ese mismo Sábado, había terminado el tratamiento y todo había salido bien. Creer o reventar, o no, ¿Quién sabe?
Y encima de todo esto, al terminar la grulla mil, ¿Qué podíamos hacer? Más grullas. Así que la tarea siguió y hoy superamos las 1500 grullas. No se cuantas más haremos, no se hasta cuando haremos, pero sí se que estos sentimientos no me los voy a olvidar nunca.
Tampoco se cual será la próxima causa perdida que emprenderemos pero sé, estoy seguro que todos lo sabemos, que valdrá la pena.
Es porque LAS CAUSAS PERDIDAS VALEN LA PENA.
A ver, hace algunos años leí la historia de Sadako Sasaki, una niña japonesa que vivía en Hiroshima cuando los Estados Unidos descargó su furia nuclear. Sobrevivió al bombardeo pero años después desarrolló una cáncer fulminante en la sangre (Leucemia). Internada en el hospital, escuchó de una amiga la antigua leyenda que decía que si alguien lograba hacer 1000 grullas de papel (El ancestro arte del Origami) los dioses le concedían un deseo. Comenzó con la tarea para poder pedir una cura, hasta que conoció a un chico de su edad que también estaba enfermo, solo que había perdido y ya sabía que iba a morir. Entonces Sadako supo que el problema era la falta de paz que el mundo sufría. Por eso quiso llegar a tal número de grullas para pedir por la paz en el mundo. Pasadas las 600 murió y sus amigos y compañeros de colegio completaron la tarea. Hoy la historia es símbolo de los movimientos pacifistas y miles de personas ponen sus manos al servicio de la paz haciendo grullas en todo el mundo, con la esperanza de despertar algo en los corazones de los hombres y mujeres.
Durante un tiempo la historia y la idea de hacer mil grullas (O más) me rodeó por la cabeza pero nunca pasó al siguiente paso. Hasta este año, en que la idea volvió y con fuerza. Me parecía que un simple pedazo de papel podía inspirar mucho. Por eso hace unas semanas propuse la idea en el grupo de jóvenes, y a decir verdad mucha compañía no encontré. Solo un par de amigos que me preguntabas cómo hacer una grulla.
Pocos minutos antes de irme de retiro de confirmación, mientras armaba el bolso, vi los papeles en casa y me dije: ¿Por qué no llevarlos? Quizás podía ponerme a hacer ahí y algunos se copaba. Finalmente los llevé y fue la mejor decisión que pude haber tomado. Solo bastó que me ponga a hacer para que vengas otros a preguntarme qué hacía y por qué. Luego aparecían los que ya sabían hacer, y también se prendían. Volví del retiro con muchísimas ganas de hacer grullas y sentí a mucha gente acompañarme.
Es que todos juntos pensamos en la causas perdidas, esas cosas que parecen no tener sentido, que nadie se prendería. ¿Trabajar por la paz? ¿Para qué? Si el mundo nunca estará en paz. Es entonces cuando uno piensa en Jesús y su causa perdida. Dando la vida por amor, sabiendo que pocos entendían su mensaje y quizás, poco lo entenderían después.
Resulta que yo creo que Las causas perdidas valen la pena. Por más que uno sepa que quizás no genere nada, no cambia nada, nunca se sabe. Cuando uno pone todo su amor, su fe y, sobre todo, sus manos al servicio del otro, de la paz, de la justicia, tarde o temprano las cosas cambian. La injusticia se transforma en justicia, la guerra en paz, la opresión en igualdad, el odio en amor. Esta es la transformación que Jesús buscó para su pueblo, para sus hermanos.
Hace dos noches cuando llegamos a las mil grullas no lo podía creer. Por un lado porque solo habíamos tardado dos semanas, por otro lado porque me imaginaba solo en esta empresa. Ver a varios jóvenes, de confirmación, de San Patricio, de San Francisco Javier, amigos de amigos, haciendo grullas me movilizó. Cuando llegamos a la mil, gesto que me tocó a mi, aguanté las ganas de llorar solo porque no sabía si estaba bien o no llorar. Pero hoy se que si lo hacía alguno más hubiese llorado conmigo de la emoción.
Al llegar a la grulla mil, avisé a amigos que no estaban presente ahí en ese momento. Fue cuando me enteré de algo que me puso la piel de gallina. Alguien de por ahí que se había enterado de nuestra historia, de nuestra idea, de nuestro proyecto, mientras sufría el tratamiento por un cáncer, ese mismo día, ese mismo Sábado, había terminado el tratamiento y todo había salido bien. Creer o reventar, o no, ¿Quién sabe?
Y encima de todo esto, al terminar la grulla mil, ¿Qué podíamos hacer? Más grullas. Así que la tarea siguió y hoy superamos las 1500 grullas. No se cuantas más haremos, no se hasta cuando haremos, pero sí se que estos sentimientos no me los voy a olvidar nunca.
Tampoco se cual será la próxima causa perdida que emprenderemos pero sé, estoy seguro que todos lo sabemos, que valdrá la pena.
Es porque LAS CAUSAS PERDIDAS VALEN LA PENA.
lunes, 29 de octubre de 2012
"Que la bondad de ustedes sea conocida por todos"
Resulta que también la Comunidad San Francisco Javier eligió lema de misión. Esa que realizaremos en Enero de 2013 en Ranchos, cerquita de Chascomús.
"Que la bondad de ustedes sea conocida por todos"
Me pareció muy interesante para trabajar. Porque creo que un misionero lleva algo más que un mensaje bonito de amor y paz. Mucho más. Y ese mensaje que lleva, el de la justicia practicada por Jesús, se hace desde la vida misma, desde el ejemplo, desde la transparencia en todo momento. La bondad de los misioneros, que practican puertas adentro no debe quedar ahí. Todo el mundo (En este caso la comunidad de Ranchos) debe conocerla, debe conocer su manera de laburar, sus ganas, sus miembros, su historia, sus acciones, sus obras.
La bondad de los misioneros de un grupo de jóvenes se demuestra en cada acción, en cada encuentro entre ellos, en como transpiran la camiseta, en como permanecen unidos en la adversidad, en como se llevan, se bancan, se alientan, se abrazan, se levantan, se animan, se amigan, se hermanan.
Yo me imagino que si una comunidad, ya sea Ranchos, Río Luján o cualquiera, conoce estas cosas de San Francisco Javier, tendrá ganas de hacer lo mismo. Creo que la misión también pasa por ahí, por mostrar absolutamente todo desde el corazón. Mostrar la bondad que nos hace participar de tantas cosas, a pesar de ser muy distintos.
Decía San Francisco Javier: "Ay de mi sino anuncio el evangelio" Y anunciar forma parte de la misión. Y la misión es un acto de bondad que se realiza no solo desde las palabras, sino también desde el corazón y desde las manos. Esas que se ensucian, se embarran, se manchan con tal de cambiar la realidad.
Ojalá que la bondad de mi comunidad sea conocida por todos, que la bondad de mis misioneros sea conocida por todos, que el corazón de esas hermosas personas lleguen a todas, en este caso, las personas de Ranchos.
martes, 23 de octubre de 2012
Ser todos Uno solo
Y resulta que, promediando Octubre, el grupo misionero San Patricio de la Parroquia Nuestra Señora de Aránzazu de San Fernando, tiene lema de misión. Es que, siempre que Tata Dios acompañe, en Diciembre estaremos visitando nuevamente el barrio Río Luján, pegadito a Manzanares, partido de Pilar.
"Que todos sean uno para que el mundo crea"
Es el pedido de Jesús a su padre en el evangelio de San Juan. Cuando se propuso la frase, previo a elegirla definitivamente, pensé en cual era la misión que teníamos que realizar en el barrio. Pensé que en mis primeros días en Diciembre del año pasado había notado la poca participación de las personas en la capilla. Es cierto que hace muy poquito fue levantada pero noté la necesidad de una comunidad, de formar una comunidad.
Y no es fácil formar una comunidad. Pensé en muchísimas cosas que uno tiene que dejar de lado cuando se predispone a trabajar en una comunidad. Porque no importan las diferencias, las opiniones, lo que importa es tirar todos para el mismo lado. Y hacerlo desde la diversidad de, justamente, opiniones y diferencias.
Para misionar en el mundo de hoy, llevar el mensaje de Jesús que vence la opresión, la injusticia, la discriminación, la violencia, el odio; necesitamos estar unidos, estar hermanados, formar comunidades. En fin, necesitamos ser Uno. Como Jesús y el Padre.
Me parece que nuestro objetivo es ese, que nazca una comunidad, viva, hermanada, en Río Luján. Con gente con ganas de trabajar por esos pibes. Es nuestro objetivo lograr que se trabaje ahí. Una localidad pegada, muchos barrios privados muy cerca. Muchos orígenes para una futura comunidad, que deberá entender que todos juntos son uno solo.
No es fácil. Pero no es imposible.
Esa futura comunidad, que trabajará (Perdón si hablo desde utopías) por los pibes de ese barrio, luchará para que, justamente, esos pibes crean. No me importa si después creerán o no en Jesús exactamente o la iglesia. Pero que crean que vale la pena vivir, que crean que pueden, que tengan esperanza, que valen. Porque dentro del olvido y la pobreza de muchos de ellos, es casi imposible que crean en ellos mismos. Que crean que puedan tener un futuro. Y para alguien que lo ha visto con sus propios ojos, no hay nada mas triste que eso.
Por eso querido Dios, Que todos sean uno para que el mundo crea...Perdón: Que todos sean uno para que Río Luján crea.
"Que todos sean uno para que el mundo crea"
Es el pedido de Jesús a su padre en el evangelio de San Juan. Cuando se propuso la frase, previo a elegirla definitivamente, pensé en cual era la misión que teníamos que realizar en el barrio. Pensé que en mis primeros días en Diciembre del año pasado había notado la poca participación de las personas en la capilla. Es cierto que hace muy poquito fue levantada pero noté la necesidad de una comunidad, de formar una comunidad.
Y no es fácil formar una comunidad. Pensé en muchísimas cosas que uno tiene que dejar de lado cuando se predispone a trabajar en una comunidad. Porque no importan las diferencias, las opiniones, lo que importa es tirar todos para el mismo lado. Y hacerlo desde la diversidad de, justamente, opiniones y diferencias.
Para misionar en el mundo de hoy, llevar el mensaje de Jesús que vence la opresión, la injusticia, la discriminación, la violencia, el odio; necesitamos estar unidos, estar hermanados, formar comunidades. En fin, necesitamos ser Uno. Como Jesús y el Padre.
Me parece que nuestro objetivo es ese, que nazca una comunidad, viva, hermanada, en Río Luján. Con gente con ganas de trabajar por esos pibes. Es nuestro objetivo lograr que se trabaje ahí. Una localidad pegada, muchos barrios privados muy cerca. Muchos orígenes para una futura comunidad, que deberá entender que todos juntos son uno solo.
No es fácil. Pero no es imposible.
Esa futura comunidad, que trabajará (Perdón si hablo desde utopías) por los pibes de ese barrio, luchará para que, justamente, esos pibes crean. No me importa si después creerán o no en Jesús exactamente o la iglesia. Pero que crean que vale la pena vivir, que crean que pueden, que tengan esperanza, que valen. Porque dentro del olvido y la pobreza de muchos de ellos, es casi imposible que crean en ellos mismos. Que crean que puedan tener un futuro. Y para alguien que lo ha visto con sus propios ojos, no hay nada mas triste que eso.
Por eso querido Dios, Que todos sean uno para que el mundo crea...Perdón: Que todos sean uno para que Río Luján crea.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Río Luján: Día 6
"Ustedes son la luz del mundo" (Mt 5, 14)
Y así, casi sin darme cuenta, entre el calor y el cansancio, llegué con San Patricio a la última jornada entera en el barrio Río Luján, cerquita de Manzanares, partido de Pilar. Había dormido poco, muy poco, pero me levanté con muchas ganas de disfrutar el día. Iban a ser unas horas muy emotivas. Oración con la cruz tau, desayuno y a ponernos en campaña.
Desde que llegamos al barrio habíamos escuchado mucho sobre una cosa: "El Monte". Pero muchas cosas: "Uh, podrían ir al monte, allí hay un par de casas bien alejadas de todo" "Son unas pocas familias que viven con casi nada, allá donde la memoria no suele llegar" "Ni se les ocurra acercarse al monte, siempre roban, violan, esas cosas" La cuestión es que nos generaba un poco de intriga, mezclado con miedo y emoción. Y habíamos dicho que el último día (Ya con el resto de las manzanas visitadas) íbamos a irnos todos juntos al famoso monte, a ver que onda.
Así que como una verdadera comunidad, salimos todos caminando en dirección al río. Un par de cuadras después, nos encontrábamos sobre las últimas calles del barrio. Allí donde el río suele hacerse presente cuando hay sudestada o marea. Las casas de aquella parte del barrio son precarias, bien humildes, y entre esas calles nos fuimos dirigiendo a nuestro objetivo. Las personas de aquellas casas nos saludaban, muchas ya habían sido visitadas. ¡Cuánta calidez del corazón y agradecimiento hay en aquellas familias!
Un par de cuadras después (Que parecían varios kilómetros por como iba cambiando el paisaje) nos encontramos de repente con un camino que se abría paso entre los árboles del bosque. Sin dudarlo comenzamos a caminar, casi en fila india, por aquel caminito, que cada unos cuantos metros se abría en otros más pequeños. Era una mezcla de aventura y locura, que es más o menos lo mismo. Pero sentía una gran emoción caminando por allí con mis misioneros.
Un rato después divisamos una casa, ¿Sería una de esas famosas casas que estaban al márgen del río? Nos acercamos despacio y aplaudimos desde la cerca, con un poco de temor. Nadie respondió. Volvimos a hacerlo y nuevamente el silencio. Seguimos el trayecto, más allá de no haber podido charlar con nadie, en definitiva si había una casa ¿Por qué no habría varias más? Así que la ilusión y las ganas no desaparecieron.
Tiempito después nos encontramos en el río. No era fácil acercarse, muchos árboles, una pequeña barricada pero pudimos sacar algunas fotos. Era como si nos encontráramos en el medio de la selva en algún país lejano, como en las películas, pero sin embargo estábamos acá no más, a unos kilómetros de la "Civilización"
Decidimos bordear el río hacia el lado del barrio y ver con qué nos encontrábamos. Es que, además del monte, nos habían hablado de un puente. Un puente por donde pasaba el tren seguramente con más frecuencia que ahora. Era como una especie de lugar místico para los jóvenes de otra época. Era allí, según nos decía, donde realmente terminaba Río Luján, por más que solo fuera selva. Así que, si ya estábamos en el monte, ¿Por qué no llegar al puente, al famoso puente?
Bordeando el río fuimos caminando, nos encontramos con un camino un poco más angosto que el anterior. Nos cruzamos a un caballo en el medio, al chasis de lo que alguna vez había sido un auto (Estaba como si hubiese sido incendiado, lo cual me hizo pensar que no quería saber como había llegado ahí) y una especie de barrera que bloqueaba el camino. Que en realidad eran unas ramas de un árbol caído, que tenían bastantes espinas. Pero más allá de parar y sacar algunas fotos o de comernos algún dolor por las espinas (¿Coincidencia con Aranzazu? ¿Quién sabe?) seguimos caminando. De repente nos cruzamos con una camino que volvía hacia el barrio, y desde allí se veían unas casas. Y una, sobre todo, se veía bastante cerca. Era precaria, muy precaria y estaba rodeada de basura. Había un carro cerca y algunos animales, entre ellos unos cachorritos recién nacidos. Con algunos nos dirigimos a la casa y llamamos a la puerta, al toque nos salió al encuentro un hombre de unos treinta años. Recuerdo que en su cara llevaba las marcas de una vida difícil. Nos recibió con muchísima alegría y nos contó de su vida, su infancia dura, sus trabajos en la difícil ciudad, sus trabajos de cartonero, su familia, etc. Nos mostró como se construían, con lo poco que podían, su casa. No hacía mucho que estaban allí, tenían un nene chiquito y vi como, a pesar de todo, se notaba la presencia de Dios allí. Fue una hermosa charla sobre la vida, la ciudad, Dios, nuestras vivencias, y un poco más. Un rato después todos los misioneros entraban al terreno para ver los cachorritos recién nacidos, y jugar con ellos. Fue un hermoso rato, una caricia al alma.
Nos despedimos y vimos algunas casas más, así que un par se fueron para allá, a golpear puertas. Los demás seguimos con nuestro camino, ese mismo que antes bordeaba el río y que ahora parecía que se había alejado.
Ya parecía que esas famosas casas sobre el margen de río no existían, o bien, eran esas que nos habíamos cruzado un ratito antes. Pero igualmente seguimos caminando, aunque sea por una foto en el, a esa altura, tan deseado puente.
Y un rato después vimos un puente, parecía abandonado y no era muy grande. Teníamos que subir hacia el terraplen sobre el que se alzaban las vías. Como grupo lo subimos y al ver que no eran tan grande dijimos de cruzarlo.
Es curioso, a veces cuando menos seguro estas de una cosa es cuando con más decisión decís: Hagámoslo. Y así fue como, aunque seguramente algunos se morían por el miedo a la altura, todos dijimos de cruzarlo, En definitiva no era mucha la altura y tampoco muy largo, así que ¿Por qué no? A algunos le costó, el vértigo suele jugar malas pasadas, y alguno quiso pegar la vuelta pero las ganas de hacerlo todos juntos fue más fuerte. Entonces habiéndolo cruzado seguimos caminando sobre las vías. A esta altura, creo que nada nos importaba, sólo seguir caminando, ver hasta donde llegaríamos como comunidad. Las vias se abrían paso entre la maleza. ¿Nos habremos preguntado si todavía pasaba el tren?
Lo que sé es que después de un tiempito de caminata, llegamos a un segundo puente. Era más grande que el anterior, más largo, parecía más difícil cruzarlo. Algunos se mandaron de una, otros fuimos admirando todo el momento, pero otros dudaron, no querían saber nada.
¿Cruzarlo o no cruzarlo? ¿Volver? ¿Qué habría después? ¿Tenia que ver esto con la misión?
Entre las dudas y el no se qué, me acuerdo que sentí mi voz que decía: "O lo cruzamos todos o no lo cruza nadie"
Jamás voy a saber si alguien escucho cuando dije eso, si alguien lo escuchó y sintió que tenía razón; la cuestión es que de repente estábamos todos juntos cruzando el puente. Algunos ayudaban a otros, una comunidad, viva, hermanada, solidaria. Era una lástima que faltaran algunos en esa experiencia. Recordé la película "Cuenta conmigo", la escena donde cruzan un puente (Obviamente mucho más grande que éste) y se repente llega el tren, la banda sonora todo el tiempo sonando en mi cabeza.
Yo no sé el resto, esa mañana vi luz en mis misioneros.
Una foto todos los que estábamos ese día, algunas risas sobre el río. anécdotas, una vaca apareciendo de la nada, más fotos, un hermoso momento. Al cruzar el puente no me encontré con más casas, sólo la vía que seguía abriéndose paso hacia lo lejos. No había nada raro, nada del otro mundo. Pero si había soñado con esa vía, si había sentido el sentimiento durante todos esos días de que tenía que ir ahí, era por algo. Y solo ver las caras de todos me hizo darme cuenta por qué. Cruzar el puente valió la pena porque nos hizo encontrarnos a nosotros mismos, nos hizo ver como comunidad, como hermanos, llevando luz a todo el mundo. Y como buenos misioneros teníamos que llevarnos luz entre nosotros. Fue encontrarnos como amigos de ese hippie de hace dos mil años, ver como tendíamos la mano al otro, como nos movíamos juntos.
Me fui con algunos más a ver que había más allá en las vías. Unos metros después aparecía otro puente y a lo lejos un barrio privado. Las vías, obviamente, seguían y seguían más allá. No me importó, yo ya había encontrado lo que había ido a buscar. Enorme emoción se llevó mi corazón mientras volvía.
Quizás podría contar sobre la vuelta bajo los rayos del sol, o sobre el almuerzo contándole al Padre Marcelo y a los que no habían estado sobre el puente. Quizás podría contar sobre el descanso donde empezamos a arreglar la vuelta, donde nos seguimos riendo y emocionando por lo vivido. Quizás podría contar sobre los nenes, que vinieron a jugar como todos los días. O de como hicimos unos manteles con pedazitos de tela, simbolizando que estamos unidos, que estamos tejidos entre todos en el amor de Jesús. Podría contar sobre la última misa. Pero no, me quedo con la noche, con el fogón de la noche. Con el barrio, festejando la misión, el encuentro de dos comunidades. Es cierto, eran muchísimos nenes y unos pares de adultos. Pero ¿quién sabe? Quizás allí está el comienzo de una comunidad. Era más gente, en definitiva, que cuando llegamos y nos recibieron solo un par de señoras. Quizás con mas movimiento podríamos hacer algo más.
Repartimos velas entre todos, encendidas con la luz del fogón. Las velas iluminaron el jardincito lindero a la capilla, pero en realidad todos sabemos que algo más iluminaba allí.
La luz del mundo, los jóvenes haciendo presencia. ¿Qué importa la religión? ¿Qué importa la política? El amor es la fuerza más maravillosa y fuerte de todas. Ahí estábamos haciendo gestos de amor y eso es lo que vale. Eso es lo que enseñó Jesús.
Con emoción vi a todos despedirse de cada uno de los nenes. Nos reunimos para cerrar nosotros también la misión, poder hacer un balance, fue un rato fuerte, intenso. Aquella noche no quise dormir, no tenía ganas, solo quería disfrutar el momento, disfrutar de todo lo que mi corazón experimentaba. Tuve varias charlas juntas, varios mates compartidos, varios abrazos; debajo de las estrellas vi a la comunidad San Patricio cerrando su primera experiencia misionera.
En alguna hora alta de la noche, el sueño me venció y me tire en el medio de la capilla. Algunos pasaban a saludar y decirme "Hasta mañana". Me quedé dormido sobre el hombro de alguien y desperté como si estuviese escrito en medio de la noche, pero alguien justo entraba. Una de las misioneras se sentó al lado mío y comenzamos a charlar. Todo lo vivido durante el día, durante las últimas horas, lo vivido aquellos días en Río Luján, el camino durante el año, el trabajar convencido que esos pibes valían oro. Recordé a Jesús y sus apóstoles, sus amigos, recordé la misión, mi vida en la parroquia, recordé y pensé en cada uno de los chicos, en su crecimiento, en todo lo que habían dado. Pensé en cómo seguiría esto, charle con mi amiga sobre cada una de las cosas que nos preocupaban, sobre nuestros dolores, alegrías, emociones al fin. De esas charlas que solo ocurren una vez cada tanto, y solamente con alguien que es muy especial. Recordé, pensé, hablé y solo hice lo que sentí. Lloré. Me apoye sobre su hombro y lloré. Y lloramos, largo rato y en silencio, abrazados. Lloramos y lloramos juntos.
Quizás fue por la emoción o no se qué, muy rápido se me pasó la vuelta al otro día, el desarmado de la capilla y el armado de bolsos. Quizás por eso Río Luján terminó, para mí, aquella noche, la última noche, con Manuela, llorando. Cuando juré, sin dudarlo y con Jesús de testigo, que algún día iba a volver a misionar en Río Luján.
Y pienso hacerlo.
Y así, casi sin darme cuenta, entre el calor y el cansancio, llegué con San Patricio a la última jornada entera en el barrio Río Luján, cerquita de Manzanares, partido de Pilar. Había dormido poco, muy poco, pero me levanté con muchas ganas de disfrutar el día. Iban a ser unas horas muy emotivas. Oración con la cruz tau, desayuno y a ponernos en campaña.
Desde que llegamos al barrio habíamos escuchado mucho sobre una cosa: "El Monte". Pero muchas cosas: "Uh, podrían ir al monte, allí hay un par de casas bien alejadas de todo" "Son unas pocas familias que viven con casi nada, allá donde la memoria no suele llegar" "Ni se les ocurra acercarse al monte, siempre roban, violan, esas cosas" La cuestión es que nos generaba un poco de intriga, mezclado con miedo y emoción. Y habíamos dicho que el último día (Ya con el resto de las manzanas visitadas) íbamos a irnos todos juntos al famoso monte, a ver que onda.
Así que como una verdadera comunidad, salimos todos caminando en dirección al río. Un par de cuadras después, nos encontrábamos sobre las últimas calles del barrio. Allí donde el río suele hacerse presente cuando hay sudestada o marea. Las casas de aquella parte del barrio son precarias, bien humildes, y entre esas calles nos fuimos dirigiendo a nuestro objetivo. Las personas de aquellas casas nos saludaban, muchas ya habían sido visitadas. ¡Cuánta calidez del corazón y agradecimiento hay en aquellas familias!
Un par de cuadras después (Que parecían varios kilómetros por como iba cambiando el paisaje) nos encontramos de repente con un camino que se abría paso entre los árboles del bosque. Sin dudarlo comenzamos a caminar, casi en fila india, por aquel caminito, que cada unos cuantos metros se abría en otros más pequeños. Era una mezcla de aventura y locura, que es más o menos lo mismo. Pero sentía una gran emoción caminando por allí con mis misioneros.
Un rato después divisamos una casa, ¿Sería una de esas famosas casas que estaban al márgen del río? Nos acercamos despacio y aplaudimos desde la cerca, con un poco de temor. Nadie respondió. Volvimos a hacerlo y nuevamente el silencio. Seguimos el trayecto, más allá de no haber podido charlar con nadie, en definitiva si había una casa ¿Por qué no habría varias más? Así que la ilusión y las ganas no desaparecieron.
Tiempito después nos encontramos en el río. No era fácil acercarse, muchos árboles, una pequeña barricada pero pudimos sacar algunas fotos. Era como si nos encontráramos en el medio de la selva en algún país lejano, como en las películas, pero sin embargo estábamos acá no más, a unos kilómetros de la "Civilización"
Decidimos bordear el río hacia el lado del barrio y ver con qué nos encontrábamos. Es que, además del monte, nos habían hablado de un puente. Un puente por donde pasaba el tren seguramente con más frecuencia que ahora. Era como una especie de lugar místico para los jóvenes de otra época. Era allí, según nos decía, donde realmente terminaba Río Luján, por más que solo fuera selva. Así que, si ya estábamos en el monte, ¿Por qué no llegar al puente, al famoso puente?
Bordeando el río fuimos caminando, nos encontramos con un camino un poco más angosto que el anterior. Nos cruzamos a un caballo en el medio, al chasis de lo que alguna vez había sido un auto (Estaba como si hubiese sido incendiado, lo cual me hizo pensar que no quería saber como había llegado ahí) y una especie de barrera que bloqueaba el camino. Que en realidad eran unas ramas de un árbol caído, que tenían bastantes espinas. Pero más allá de parar y sacar algunas fotos o de comernos algún dolor por las espinas (¿Coincidencia con Aranzazu? ¿Quién sabe?) seguimos caminando. De repente nos cruzamos con una camino que volvía hacia el barrio, y desde allí se veían unas casas. Y una, sobre todo, se veía bastante cerca. Era precaria, muy precaria y estaba rodeada de basura. Había un carro cerca y algunos animales, entre ellos unos cachorritos recién nacidos. Con algunos nos dirigimos a la casa y llamamos a la puerta, al toque nos salió al encuentro un hombre de unos treinta años. Recuerdo que en su cara llevaba las marcas de una vida difícil. Nos recibió con muchísima alegría y nos contó de su vida, su infancia dura, sus trabajos en la difícil ciudad, sus trabajos de cartonero, su familia, etc. Nos mostró como se construían, con lo poco que podían, su casa. No hacía mucho que estaban allí, tenían un nene chiquito y vi como, a pesar de todo, se notaba la presencia de Dios allí. Fue una hermosa charla sobre la vida, la ciudad, Dios, nuestras vivencias, y un poco más. Un rato después todos los misioneros entraban al terreno para ver los cachorritos recién nacidos, y jugar con ellos. Fue un hermoso rato, una caricia al alma.
Nos despedimos y vimos algunas casas más, así que un par se fueron para allá, a golpear puertas. Los demás seguimos con nuestro camino, ese mismo que antes bordeaba el río y que ahora parecía que se había alejado.
Ya parecía que esas famosas casas sobre el margen de río no existían, o bien, eran esas que nos habíamos cruzado un ratito antes. Pero igualmente seguimos caminando, aunque sea por una foto en el, a esa altura, tan deseado puente.
Y un rato después vimos un puente, parecía abandonado y no era muy grande. Teníamos que subir hacia el terraplen sobre el que se alzaban las vías. Como grupo lo subimos y al ver que no eran tan grande dijimos de cruzarlo.
Es curioso, a veces cuando menos seguro estas de una cosa es cuando con más decisión decís: Hagámoslo. Y así fue como, aunque seguramente algunos se morían por el miedo a la altura, todos dijimos de cruzarlo, En definitiva no era mucha la altura y tampoco muy largo, así que ¿Por qué no? A algunos le costó, el vértigo suele jugar malas pasadas, y alguno quiso pegar la vuelta pero las ganas de hacerlo todos juntos fue más fuerte. Entonces habiéndolo cruzado seguimos caminando sobre las vías. A esta altura, creo que nada nos importaba, sólo seguir caminando, ver hasta donde llegaríamos como comunidad. Las vias se abrían paso entre la maleza. ¿Nos habremos preguntado si todavía pasaba el tren?
Lo que sé es que después de un tiempito de caminata, llegamos a un segundo puente. Era más grande que el anterior, más largo, parecía más difícil cruzarlo. Algunos se mandaron de una, otros fuimos admirando todo el momento, pero otros dudaron, no querían saber nada.
¿Cruzarlo o no cruzarlo? ¿Volver? ¿Qué habría después? ¿Tenia que ver esto con la misión?
Entre las dudas y el no se qué, me acuerdo que sentí mi voz que decía: "O lo cruzamos todos o no lo cruza nadie"
Jamás voy a saber si alguien escucho cuando dije eso, si alguien lo escuchó y sintió que tenía razón; la cuestión es que de repente estábamos todos juntos cruzando el puente. Algunos ayudaban a otros, una comunidad, viva, hermanada, solidaria. Era una lástima que faltaran algunos en esa experiencia. Recordé la película "Cuenta conmigo", la escena donde cruzan un puente (Obviamente mucho más grande que éste) y se repente llega el tren, la banda sonora todo el tiempo sonando en mi cabeza.
Yo no sé el resto, esa mañana vi luz en mis misioneros.
Una foto todos los que estábamos ese día, algunas risas sobre el río. anécdotas, una vaca apareciendo de la nada, más fotos, un hermoso momento. Al cruzar el puente no me encontré con más casas, sólo la vía que seguía abriéndose paso hacia lo lejos. No había nada raro, nada del otro mundo. Pero si había soñado con esa vía, si había sentido el sentimiento durante todos esos días de que tenía que ir ahí, era por algo. Y solo ver las caras de todos me hizo darme cuenta por qué. Cruzar el puente valió la pena porque nos hizo encontrarnos a nosotros mismos, nos hizo ver como comunidad, como hermanos, llevando luz a todo el mundo. Y como buenos misioneros teníamos que llevarnos luz entre nosotros. Fue encontrarnos como amigos de ese hippie de hace dos mil años, ver como tendíamos la mano al otro, como nos movíamos juntos.
Me fui con algunos más a ver que había más allá en las vías. Unos metros después aparecía otro puente y a lo lejos un barrio privado. Las vías, obviamente, seguían y seguían más allá. No me importó, yo ya había encontrado lo que había ido a buscar. Enorme emoción se llevó mi corazón mientras volvía.
Quizás podría contar sobre la vuelta bajo los rayos del sol, o sobre el almuerzo contándole al Padre Marcelo y a los que no habían estado sobre el puente. Quizás podría contar sobre el descanso donde empezamos a arreglar la vuelta, donde nos seguimos riendo y emocionando por lo vivido. Quizás podría contar sobre los nenes, que vinieron a jugar como todos los días. O de como hicimos unos manteles con pedazitos de tela, simbolizando que estamos unidos, que estamos tejidos entre todos en el amor de Jesús. Podría contar sobre la última misa. Pero no, me quedo con la noche, con el fogón de la noche. Con el barrio, festejando la misión, el encuentro de dos comunidades. Es cierto, eran muchísimos nenes y unos pares de adultos. Pero ¿quién sabe? Quizás allí está el comienzo de una comunidad. Era más gente, en definitiva, que cuando llegamos y nos recibieron solo un par de señoras. Quizás con mas movimiento podríamos hacer algo más.
Repartimos velas entre todos, encendidas con la luz del fogón. Las velas iluminaron el jardincito lindero a la capilla, pero en realidad todos sabemos que algo más iluminaba allí.
La luz del mundo, los jóvenes haciendo presencia. ¿Qué importa la religión? ¿Qué importa la política? El amor es la fuerza más maravillosa y fuerte de todas. Ahí estábamos haciendo gestos de amor y eso es lo que vale. Eso es lo que enseñó Jesús.
Con emoción vi a todos despedirse de cada uno de los nenes. Nos reunimos para cerrar nosotros también la misión, poder hacer un balance, fue un rato fuerte, intenso. Aquella noche no quise dormir, no tenía ganas, solo quería disfrutar el momento, disfrutar de todo lo que mi corazón experimentaba. Tuve varias charlas juntas, varios mates compartidos, varios abrazos; debajo de las estrellas vi a la comunidad San Patricio cerrando su primera experiencia misionera.
En alguna hora alta de la noche, el sueño me venció y me tire en el medio de la capilla. Algunos pasaban a saludar y decirme "Hasta mañana". Me quedé dormido sobre el hombro de alguien y desperté como si estuviese escrito en medio de la noche, pero alguien justo entraba. Una de las misioneras se sentó al lado mío y comenzamos a charlar. Todo lo vivido durante el día, durante las últimas horas, lo vivido aquellos días en Río Luján, el camino durante el año, el trabajar convencido que esos pibes valían oro. Recordé a Jesús y sus apóstoles, sus amigos, recordé la misión, mi vida en la parroquia, recordé y pensé en cada uno de los chicos, en su crecimiento, en todo lo que habían dado. Pensé en cómo seguiría esto, charle con mi amiga sobre cada una de las cosas que nos preocupaban, sobre nuestros dolores, alegrías, emociones al fin. De esas charlas que solo ocurren una vez cada tanto, y solamente con alguien que es muy especial. Recordé, pensé, hablé y solo hice lo que sentí. Lloré. Me apoye sobre su hombro y lloré. Y lloramos, largo rato y en silencio, abrazados. Lloramos y lloramos juntos.
Quizás fue por la emoción o no se qué, muy rápido se me pasó la vuelta al otro día, el desarmado de la capilla y el armado de bolsos. Quizás por eso Río Luján terminó, para mí, aquella noche, la última noche, con Manuela, llorando. Cuando juré, sin dudarlo y con Jesús de testigo, que algún día iba a volver a misionar en Río Luján.
Y pienso hacerlo.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
Río Luján: Día 5
“Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación”. (Mc 16,15)
El Jueves amaneció con el canto de los pájaros, los pocos que se bañaban a esa hora y algunos mates de por medio. Aunque ese día, entre el calor y mis queridos misioneros, cedí y desayuné una buena chocolatada. Aunque en el fondo sentí que traicionaba a mi querido mate.
¡Pocas cosas más lindas que arrancar el día con personas que uno ama! Es arrancar con una sonrisa, es reirte desde el principio del día, es sentirte bien en comunidad, comunidad de hermanos. Me imagino, e imagine esa mañana, a los primeros misioneros, a los discípulos de Jesús viviendo en las primeras comunidades. Entre la misión y la persecución, seguramente tenían sus charlas, sus bromas, se bancaban entre ellos, se escuchaban, compartían el pan. Imagino sus desayunos en comunidad, sus tareas durante el día, sus cenas a las noches y sus balances del día.
Aquel día nos fuimos nuevamente al otro lado de la avenida, a la otra parte del barrio. Esta vez, cosa que suele pasar los últimos días de una misión, recorrimos algunas manzanas varias parejas y medio mezclándonos nos dirigimos a golpear puertas. Así fue que no misioné aquel día con mi compañera de todos los días pero lo hice con dos grandes amigos, dos personas, dos corazones que me llenan por el crecimiento y camino personal de ambos.
Aquella mañana caminamos al costado de la Panamericana, y recorrimos las casas que estan casi sobre ella. Estuvimos en varias casas donde viven algunas personas desde que, prácticamente, se había creado el barrio. Muchas historias, anécdotas, etc.
Recuerdo con especial cariño una casa donde nos atendió el señor y la señora de la casa que viven allí hace bastantes años. Fue una linda charla larga en la puerta de su casa. Escuchar con atención al otro, sin importar si habla de tal o tal tema. ¡Cuánto hace falta en este mundo que la gente abra su corazón al otro! No importa en qué barrio sea, en qué pueblo, con qué velocidad: Siempre la gente termina abriéndose, porque en el fondo lo necesita y le hace bien.
Son momentos donde no importa el calor que golpea fuerte, el sol que no se va, el cansancio o el sueño, o el reloj que te corre porque tenes que volver para el almuerzo. Son como pequeños momentos eternos y divinos donde la presencia de Dios se hace más fuerte que nunca.
Así llegué al almuerzo en el merendero de Margarita, humilde servidora del barrio, que todos los días le sirve la merienda a más de cincuenta chicos. Solo quería almorzar rápido y descansar un ratito, ya que después venían los chicos de San Francisco Javier, la otra comunidad de jóvenes (En su mayoría mas grandes en edad) a la que también pertenezco. Venían de visita, a compartir un día misionero, a compartir a Jesús. Es que todos somos jóvenes, de la misma parroquia, y todos perseguimos el mismo fin. Ambos grupos caminan juntos, a pesar de que algunos tengan un camino más largo que otros. Seguramente para ellos, como para mí, les pasó de sentirse orgullosos. Muchos de los chicos de San Patricio estaban ahí por ellos, porque fueron catequistas, guías, amigos, etc.
Así que al llegar sentí una emoción muy fuerte, fue una tarde hermosa. Vinieron, como siempre, los chicos a jugar y compartir la catequesis y la merienda también con los jóvenes de San Francisco llevaba un plus muy rico. También la misa lo tuvo.
Y al llegar la noche, antes de irnos a cenar, pude bañarme en la casa de una familia del barrio que nos recibió con mucha amabilidad. Y bien limpio me fui a compartir la cena, una ricas pizzas, esta vez en el merendero, con los chicos de San Francisco Javier. Fue un hermoso momento, de esos que llenan, de esas noches donde compartís, compartís y compartís. Entre el deseo de éxito, la bendición y un beso, los chicos se fueron. Tenía, como pocas veces, el corazón lleno. Sólo quería compartir la oración de la noche y descansar.
Y así fue...Por lo menos la primera parte. Una hermosa y sincera oración de dos de las chicas. Y cuando quise dormir me encontré charlando.
Lo que sucede en las misiones es que uno no solo parte hacia el encuentro con Dios, con el prójimo y con uno mismo sino también del que tiene al lado. Del compañero, del amigo, del otro miembro de la comunidad. Esa noche tuve tres charlas hermosas. Reconozco que la última ya casi me dormía parado pero no importaba. Fue un encuentro con Jesús, reconociéndolo en la otra persona. Fue compartir la vida un ratito, con personas que quizás uno cree saberlo todo o bastante.
Cuando me acosté volví a pensar en el día y en la visita de los chicos de la otra comunidad. Y recordé el evangelio de Marcos. "Vayan y anuncien" Eso exactamente estábamos haciendo, eso exactamente eso es lo que hacemos durante el año, durante todos los momentos que nos tocan vivir. Divididos en comunidades, en áreas, como sea, pero anunciando, llevando el mensaje de Jesús. Ya sea con la palabra o haciendo pero anunciando en fin.
Me sentí, y me siento, orgulloso de formar parte de mi parroquia, de mis comunidades, de este hermoso grupo de jóvenes. Haremos cosas bien, haremos cosas mal, pero siempre sé que nos tenemos el uno al otro. Y no hay nada más hermoso en el mundo que sentir que no se está solo en la vida. Gracias misioneros- Me dije a mi mismo- por entrar en mi vida.
Gracias querido barba, porque sabios son tus caminos cuando elijes cruzarnos con las personas. Porque sabios con tus caminos cuando juntas a las personas para ayudar a otras personas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







